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844, cuando los vikingos saquearon Sevilla



Venían de combatir en Galicia y de atacar Lisboa y Cádiz, tomaron la ciudad al asalto, la saquearon y recorrieron la comarca matando y haciendo cautivos, hasta que las tropas del emir de Córdoba los derrotaron en la llanura de Tablada. Antes de marcharse protagonizaron una escena desconcertante: devolvieron prisioneros a cambio de ropa y comida, y rechazaron el oro y la plata. La Sevilla que recibió a los vikingos, la Isbiliya andalusí, formaba parte del emirato de Córdoba, gobernado en ese momento por el emir Abd al-Rahman II, bisnieto de Abd al-Rahman I, fundador del emirato omeya cordobés. La flota vikinga venía de lejos. Según los Anales de Saint-Bertin, escritos en el siglo IX, aquellos normandos habían remontado el Garona hasta Toulouse antes de pasar a Galicia, donde, de acuerdo con la Crónica de Alfonso III, Ramiro I de Asturias los rechazó junto al Faro Brigancio, en el entorno de La Coruña. Los barcos siguieron hacia el sur. Según al-Nuwayri, combatieron trece días ante Lisboa, cuyo gobernador, Wahb Allah ibn Hazm, escribió alarmado a Córdoba: había contado cincuenta y cuatro naves y otras tantas embarcaciones menores. Ibn Idhari habla de unos ochenta barcos y los compara con una bandada de aves de color rojo oscuro que hubiera cubierto el mar. Tras pasar y saquear Cádiz y Medina Sidonia, la flota entró en el Guadalquivir. Aquellos barcos de vela y remo, de muy poco calado, podían remontar ríos y varar en cualquier orilla. Según Ibn Hayyan, los vikingos instalaron su base en Qabtil, que suele identificarse con Isla Menor, un lugar donde se criaban caballos. Desde allí enviaron cinco barcos contra Coria, la antigua Caura romana, donde mataron y saquearon. Sevilla quedaba a un paso. El cronista magrebí Ibn Idhari cuenta la caída de Sevilla relatando cómo los vikingos la asediaron, la tomaron al asalto y permanecieron en ella siete días. ¿O fueron trece? El propio cronista admite que sus fuentes no se ponían de acuerdo y que optó por la cifra menor. También anota que entre la llegada y la retirada definitiva transcurrieron cuarenta y dos días, una cuenta que abarca toda la campaña vikinga en torno a Sevilla. Quien pudo huyó a Carmona o a los cerros cercanos. Los demás fueron muertos o capturados, sobre todo mujeres y niños; al-Nuwayri añade que los invasores no respetaron ni a las bestias de carga. Del gobernador circulan dos versiones incompatibles: en una se refugia en Carmona; en la otra resiste sitiado en la fortaleza. El saqueo alcanzó la mezquita aljama, la de Ibn Adabbas, construida en 829-830 en el solar del actual Salvador. Tenía apenas quince años. Ibn al-Qutiyya, cuya obra es del siglo X, recoge lo que contaban los ancianos de Sevilla: los vikingos dispararon flechas incendiarias contra la techumbre y luego apilaron leña y cañas en la sala de oración. Se lo impidió, asegura, un joven de belleza extraordinaria que los mantuvo fuera tres días. La del joven milagroso es un relato piadoso, imposible de verificar. El cronista afirmaba que en su tiempo aún se veían las marcas de las flechas vikingas en la mezquita de Ibn Adabbas. Cuando la noticia llegó a Córdoba, el emir Abd al-Rahman II se puso en marcha para atacar a los invasores. Según Ibn Idhari, envió a su caballería al mando de su primer ministro, Isa ibn Shuhayd, que plantó el campamento en el Aljarafe, frente a Sevilla, y llamó a filas a las tropas de todas las provincias. Mientras tanto, los vikingos campaban a sus anchas. Cada día salían de Sevilla partidas de saqueo hacia Córdoba o hacia Morón, y las tropas del emir que esperaban en Carmona, cuenta Ibn al-Qutiyya, no se atrevían a atacarlas. La solución llegó con los refuerzos de la frontera norte. Entre ellos venía Musa ibn Musa, un poderoso señor del valle del Ebro que unas veces obedecía a Córdoba y otras se rebelaba contra ella. Aquellos hombres tendieron una trampa. Una noche se escondieron en una aldea al sureste de Sevilla, Quintos de Moafar —que suele identificarse con el entorno de la Hacienda de Quintos, en Dos Hermanas—, y subieron a un vigía con un haz de leña a la torre de la iglesia. Al amanecer, el vigía encendió el fuego: una columna vikinga pasaba camino de Morón. La dejaron avanzar, le cerraron el regreso a Sevilla y la aniquilaron. La crónica habla de dieciséis mil vikingos, aunque parece una exageración. El golpe definitivo llegó en Talyata, que la tradición sitúa en Tablada. Según Ibn Idhari, el 11 de noviembre de 844 los vikingos fueron derrotados: muchos acabaron ahorcados en las palmeras y treinta de sus barcos ardieron. El emir anunció su victoria a los aliados de Tánger y les envió la cabeza del jefe vikingo. El relato de Ibn al-Qutiyya nos cuenta la escena más desconcertante de aquel funesto episodio. Tras la emboscada de Quintos, los vikingos que seguían en Sevilla embarcaron deprisa y bajaron por el río entre maldiciones y pedradas. A una milla de la ciudad gritaron que, si los dejaban en paz, venderían a sus prisioneros. Hubo trato entre vikingos y andalusíes, pero los hombres del norte rechazaron el oro y la plata: solo aceptaron ropa y comida. El emir aprendió la lección. Según el mismo autor, mandó construir en Sevilla un arsenal, ordenó fabricar barcos y reclutó marineros en las costas de al-Andalus con pagas muy altas, equipados con máquinas de guerra y nafta. Los árabes llamaban a esas instalaciones dar al-sina’a, la casa de la industria, expresión de la que proceden, por caminos distintos, atarazana, arsenal y dársena. Y no, aquel arsenal nada tiene que ver con las Atarazanas que hoy conocemos, levantadas por Alfonso X en 1252. Cuando los vikingos volvieron en 858-859, los interceptaron en la desembocadura del Guadalquivir. Esta vez, Sevilla estaba prevenida. Aquel otoño dejó también un mito que se coló en algunos libros de historia: el de los vikingos que, convertidos al islam, se habrían quedado a fabricar quesos en las marismas sevillanas. Lo difundió el arabista Évariste Lévi-Provençal. Pero en 1986 Jordi Aguadé demostró que el texto en que se apoyaba, del jurista Ibn Habib, hablaba de los quesos de los mayus de Oriente, es decir, de los zoroastrianos. Los árabes usaban esa palabra para ellos y, por extensión, para otros paganos, vikingos incluidos. Nunca hubo vikingos queseros en las marismas: todo nació de una palabra mal interpretada. Quien hoy cruza el patio o la plaza del Salvador pasa, sin saberlo, por el escenario de aquel trágico otoño. No quedan flechas clavadas ni huellas de fuego, pero sí la memoria de una ciudad que aprendió entonces que el río que la hacía rica era también su puerta más vulnerable. El siguiente golpe no llegaría por el agua, sino desde dentro. A finales de siglo, las grandes familias árabes de Sevilla se alzaron contra Córdoba, y uno de sus jefes, Ibrahim ibn Hayyay, gobernó la ciudad como un rey sin corona, con corte de poetas y una cantora traída de Bagdad. Por sus venas corría sangre del rey godo Witiza, y para quedarse solo en el poder eliminó a su socio, Kurayb ibn Jaldún, de la familia del gran historiador Ibn Jaldún. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante.



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Author : (abc)

Publish date : 2026-10-08 05:57:00

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