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En Estados Unidos el voto funciona



Las elecciones legislativas del pasado martes han proporcionado una respuesta concluyente a quienes daban por agotada la capacidad de resistencia de la democracia estadounidense y consideraban infinita la influencia de los tecnoligarcas. Los demócratas han conquistado ambas cámaras del Congreso y logrado victorias en estados tradicionalmente republicanos. Tras dos años de concentración de poder en la Casa Blanca, los ciudadanos han utilizado el instrumento más sencillo y decisivo del sistema constitucional: el voto. Sigue siendo el elector quien establece el límite político más eficaz al gobernante. Trump había llevado al extremo lo que el historiador Arthur Schlesinger denominó «presidencia imperial»: un Ejecutivo que ensancha sus atribuciones mientras se debilitan los contrapesos. Con el Congreso bajo control republicano, un partido subordinado a su liderazgo y una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo, aunque no siempre favorable a sus decisiones, actuó como si la victoria de 2024 le hubiera concedido un mandato ilimitado. Las urnas han terminado con esa concentración de poder político, aunque no con las amplias prerrogativas constitucionales del presidente. La magnitud del castigo no admite interpretaciones complacientes. Trump convirtió estas elecciones en un plebiscito sobre su gestión y ha perdido. Los aranceles, el coste de la vida, la dureza de algunas políticas migratorias y la prolongación de la guerra contra Irán erosionaron la coalición que lo devolvió al poder en 2024. La derrota demuestra una verdad que los populismos suelen olvidar: no hay nada peor para un dirigente que pretende hablar en nombre del pueblo que dejar de ser popular. La impopularidad procede de decisiones concretas y de una creciente distancia entre las prioridades presidenciales y las preocupaciones de las familias. Conviene, además, reconocer un hecho positivo. Pese a sus antecedentes de cuestionamiento de los resultados electorales y a las sospechas difundidas durante la campaña, Trump no ha intentado desconocer el veredicto de las urnas. Ha repartido culpas, eludido la autocrítica y defendido sus decisiones, pero ha aceptado la derrota republicana . Respetar las reglas no constituye una concesión graciosa del presidente, sino su obligación; precisamente por eso merece destacarse que el proceso haya discurrido sin una impugnación política de sus resultados. También han funcionado otros resortes institucionales. La organización descentralizada de las elecciones, la autonomía de las autoridades estatales y locales y la independencia de los jueces dificultan que un solo poder se apropie del procedimiento democrático. EE.UU. tiene problemas graves de polarización y desconfianza, pero las profecías sobre una democracia incapaz de corregir sus excesos no han resistido la prueba de las urnas. El resultado modifica asimismo el equilibrio del poder. Trump tendrá que negociar con una oposición fortalecida, someterse a una fiscalización parlamentaria más exigente y renunciar a gobernar como si el Estado le perteneciera. Los demócratas deben comprender que controlar el Congreso les permite frenar e investigar, pero no sustituir al Ejecutivo ni eludir sus divisiones entre moderados y radicales. Una democracia madura exige límites para quien gobierna y responsabilidad para quien se opone. La sacudida alcanza, finalmente, a la sucesión republicana. La autoridad de Trump para designar heredero descansaba en su presunta capacidad para garantizar victorias. Tras este revés, esa premisa se ha debilitado. El vicepresidente J. D. Vance atribuye la derrota principalmente a la guerra contra Irán, a la que se opuso, y busca distanciarse sin romper con el presidente. Su explicación es interesada: deja en segundo plano los aranceles y otras políticas que él mismo respalda. Más que un balance de gobierno, constituye un movimiento para preservar su candidatura de 2028. Nada garantiza que estos comicios inauguren una etapa de moderación. Pero han recordado de nuevo que ninguna mayoría pertenece a un líder. La presidencia imperial ha encontrado en el voto su límite más democrático.



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Author : (abc)

Publish date : 2026-11-05 20:07:00

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