En 2014 un Nick Kyrgios de 19 años sacudía Wimbledon al vencer a Rafa Nadal en cuartos de final. Para el balear fue imposible responder a sus diabluras y, sobre todo, a sus 37 saques directos, que viajaron a una velocidad entre 200 y 2014 kilómetros por hora. Una barbaridad en aquel momento que hoy es apenas una anécdota. En este Roland Garros, Aryna Sabalenka ha superado en varias ocasiones los 200 kilómetros y Ben Shelton, sin esforzarse, empujaba la pelota hasta los 220 casi de media. Ni siquiera a los restadores les tiembla el pulso cuando afrontan ese obús que cae del otro lado de la red. No solo es el saque, Joao Fonseca ejecuta su derecha a unos 138 kilómetros por hora de media. La barbaridad del hoy. Todo va rápido en esta nueva era del deporte de la raqueta. Y hay quien echa de menos más intercambios, más estrategia, más control y menos potencia, más jugadas y menos latigazos. Como Toni Nadal, una de las voces autorizadas que insiste en que el tenis está perdiendo su esencia al viajar a estas velocidades desorbitadas. Y sugiere modificaciones. «La mayoría de los partidos ahora se basan en pegar lo más fuerte posible y no hay táctica alguna», comentaba hace unos días. Su fórmula para desactivar esta potencia: raquetas más pequeñas. No es lo único que influye, desde luego, en este cambio de paradigma progresivo que se ha asentado como lo normal pero que sigue creciendo conforme lo hacen los más jóvenes. Los tenistas son más atletas: más rápidos, más fuertes, mejor asesorados en todos los aspectos: nutrición, descanso, ejercicio físico, mental, técnicas de entrenamiento, de desarrollo. Y también los materiales han trabajado en esa dirección: las pistas son cada vez más iguales, por lo que se juega igual de fuerte en todos los torneos, sin apenas distinción; las pelotas son más resistentes para permitir esa viveza y, desde luego, las raquetas favorecen esa voluntad de jugar a la velocidad de la luz. La herramienta principal de los jugadores actúa de manera fundamental en esta impresión de que todo va revolucionado, y su reducción, subraya Toni Nadal limitaría la potencia y mantendría la pelota más en juego. Sí, así es. «Reducir el tamaño de la cabeza, el grosor del marco la longitud de la raqueta puede disminuir la cantidad de potencia que un jugador puede generar», explica a este periódico David Packowitz, mánager sénior de la línea de producto de Wilson, sin embargo, señala: «Estaríamos deshaciendo años de innovación que han dado forma al juego que todos conocemos y amamos hoy en día». Roger Federer pasó un tiempo sin encontrar la forma de hacerles daño a sus dos archienemigos: Nadal y Djokovic, así que decidió darle un cambio a todo: a sus golpes y a su raqueta. En 2013, aumentó el tamaño de la cabeza para intentar que su maestría se uniera con la potencia. De júnior empezó jugando con una cabeza de 85 y subió después a 90, un tamaño que ya era algo inusual y propio de épocas anteriores. Premia la delicadeza y el talento porque el punto de impacto perfecto («sweet spot») es más complicado de encontrar, y exige más físicamente porque obliga a estar en el mejor punto de posición para dar el golpe; hay, por tanto, menos potencia. Ya en aquel momento, Nadal y Djokovic dominaban el circuito con una cabeza de 100 pulgadas (645 centímetros cuadrados de tamiz), como hace ahora Jannik Sinner; y Murray lo intentaba con una de 98 pulgadas (630 centímetros cuadrados), que es la que utiliza también Carlos Alcaraz. Es la que probó Federer en aquel instante, aunque luego se sintió más cómodo con una de 97 pulgadas. «Cambiar de raqueta es uno de los mayores cambios que un jugador puede hacer, pero creo que lo hice en el momento correcto. Tengo la sensación de que consigo más potencia con más facilidad», admitía el suizo. El cambio le supuso, por ejemplo, aumentar el número de saques directos. Así explica Packowitz la diferencia: «Un tamaño de cabeza más pequeño proporciona una raqueta más manejable, que se mueve con más rapidez a través del aire. Genera menos potencia, pero ofrece un mayor control sobre la raqueta y la pelota. Los jugadores más avanzados suelen utilizar este tipo de raquetas porque valoran más el control y la maniobrabilidad que la potencia y un punto dulce amplio. Tienen que ser capaces de generar su propia potencia y, por lo general, son más talentosos para poder golpear la pelota en ese punto dulce. Un tamaño de cabeza más grande, más de 100 pulgadas) proporciona más potencia y un punto dulce más amplio, aunque hay menos control y menos facilidad para maniobrar». No es lo único que influye, pues está también el patrón de las cuerdas, y en eso tampoco hay consenso. Carlos Alcaraz utiliza un patrón 16×20, es decir, 16 cuerdas verticales y 20 horizontales. El cuadrito es más grande lo que favorece la creación de efectos y minimiza el esfuerzo necesario para ejecutarlos. Djokovic usa un patrón de 18×20, por lo que es más fácil que logre golpes planos. Sinner se queda con el patrón 16×19. «Es el más común porque ofrece el equilibrio óptimo entre potencia, control y efecto», ilustra Packowitz. Sí, una cabeza más pequeña ralentizaría algo el tenis del hoy, aunque las mejoras en otros aspectos podrían anular, o al menos minimizar, esa sensación. Además, la idea de Toni Nadal está muy alejada de lo que marca la realidad: «Existe una clara tendencia entre los jugadores a buscar más potencia y efecto. En los niveles más altos de competición, los jugadores son cada vez más físicos y mejores gracias simplemente a la mejora de los métodos de entrenamiento. Para mantenerse a ese nivel, han ido adoptando raquetas que les proporcionan una ventaja en potencia y efecto. En el ambiente en el que se mueven Alcaraz y Sinner, por ejemplo, una mejora muy pequeña, de apenas un 1 % puede marcar la diferencia entre ganar y perder un partido».
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Author : (abc)
Publish date : 2026-06-03 15:48:00
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