El palio de Ojeda, las esquinas cuajadas de gladiolos, los tres luceros de su pecho, las velas rizadas y una vida que pasaba por delante nuestra. Qué hermosa iba la Virgen de Triana. Renació aquella dolorosa que tiene un universo propio de piropos y una galaxia infinita de la que solo pudo surgir una Madre tan auténtica como ella. Volvió, para quedarse hasta la eternidad, la Estrella de nuestra infancia. Esta Semana Santa milímetricamente estudiada hasta el extremo no puede permitirse el lujo de fallar en los detalles. Es inexplicable que no se repasara la altura de los árboles de