En el contexto de los movimientos tectónicos que está provocando el acceso nuevamente al poder del empresario Donald John Trump como presidente de la república de los Estados Unidos de América , se enmarca la decisión de otorgar al idioma inglés la condición de única lengua oficial de dicho país a nivel federal. Esta medida, largamente acariciada por los sectores estadounidenses anglos más nacionalistas, rompe con una tradición de casi 250 años durante los que el país no ha tenido formalmente idioma oficial y, según sus autoridades, se justifica básicamente, por un lado, en la búsqueda de la cohesión nacional y la afirmación de una cultura estadounidense, y, por otro, en la eficiencia gubernativa y la mejora de la participación cívica. La verdad es que ninguno de los dos bloques de razones señaladas responde a la realidad objetiva. Por el contrario, la implementación de esa medida no cambia las cosas para la lengua inglesa que, de facto, es el idioma oficial de la república, y eso lo sabe todo el mundo. Es decir, no será útil la decisión tomada porque no mejorará la «participación cívica» ni la «eficiencia gubernativa» en un lugar donde la inmensa mayoría habla inglés y reconoce y respeta el estatus de este idioma; aunque además muchos millones de personas sepan y utilicen también –subrayamos también– otras lenguas, especialmente el español. Lo verdaderamente grave tiene que ver con la cuestión de la «identidad nacional» estadounidense –la cohesión nacional buscada–, porque los sectores y poderes que esencialmente impulsan esa oficialización, creen, o más bien quieren, que EE.UU. sea un país de base única anglosajona, cuando en realidad son una nación de base principal anglo-hispánica a la que se añaden múltiples aportaciones culturales, lingüísticas y étnicas del resto del mundo. No es necesario documentar ahora, aunque siempre es bueno recordarlo, que la mayor parte del territorio de esa república, desde Alaska a Florida, constituyó durante siglos un área periférica de jurisdicción y soberanía de la monarquía hispánica en el norte del continente americano. Por eso, resultan casi entrañables, desde la perspectiva de la ciencia política y la historia, las declaraciones del hispano Marco Rubio con motivo de su nombramiento como secretario de Estado, señalando que EE.UU. es «el país más poderoso y más bueno de la historia de la Humanidad…». Pero ésta es otra cuestión. Lo importante ahora es tener presente que hoy viven en EE.UU. más de 70 millones de hispanos en un país de abrumadora toponimia hispánica en los principales estados; y que la «cultura estadounidense» más icónica –desde la épica del vaquero y del lejano oeste a la música popular actual– tiene una impronta hispana absolutamente estructural. Y, sobre todo, que el español es el segundo idioma del país, presente en el territorio mucho antes que el inglés y hablado hoy por 50 millones de seres humanos, de ciudadanos, y pronto por muchos millones más, convirtiendo a esta sociedad en la segunda nación hispanohablante del planeta con previsiones extraordinarias de cien (¡cien!) millones de hispanos para el cercano año de 2050. A propósito de estas cifras formidables, el Rey de España manifestaba recientemente su extrañeza por el cierre de la página web en español de la Casa Blanca calificándolo como algo realmente «llamativo», que esperaba supusiese sólo una medida «temporal». O sea, que la identidad básica estadounidense es, como poco, de base anglo-hispánica, no solo anglo. Por ello, si de verdad se desea favorecer la cohesión nacional, será mucho más útil e inteligente reconocer la realidad, so pena de provocar fracturas y distorsiones internas que en su día, a no tardar mucho, podrían ser graves. Por no hablar de otras cuestiones mucho más prácticas: ¿quiénes consiguen prioritariamente empleo en los EE.UU.?, ¿las personas que hablan sólo inglés o las que además hablan español? De hecho, la oficialización hoy del inglés se revela como una medida bastante tardía para la visión de los que la inspiran; una disposición que rezuma de un indisimulado sentimiento antihispánico azuzado por un temor injustificado al crecimiento del español. Pero más allá de reconocer la identidad de base anglo-hispánica del país, lo cierto es que a los Estados Unidos de América –subrayamos de América–, esta realidad les interesa y les beneficia inmensamente en términos de proyección internacional y de mantenimiento de su hegemonía o liderazgo global. El inglés es indiscutiblemente la ‘lingua franca’ mundial y el idioma general de los negocios y de las relaciones internacionales. Pero el español, también idioma global, es la segunda lengua de comunicación internacional; la segunda lengua materna del mundo (muy por delante del inglés y algo detrás del chino); la primera lengua del hemisferio occidental, de las Américas, en esa terminología tan querida por los estadounidenses. Y el español es además directamente comprendido, por su proximidad con el portugués, en todo el ámbito intercontinental de la lusofonía, por lo que el espacio multinacional de la iberofonía, de casi 900 millones de personas, corresponde con el ámbito de comprensión directa de la lengua española. Los Estados Unidos albergan el tesoro de contar, de modo natural, con las dos lenguas principales del mundo como idiomas legítimamente propios. Su región natural, «las Américas», habla mayoritariamente español. EE.UU. tiene ante sí la oportunidad de ser el gran punto de convergencia en el planeta entre dos grandes culturas-civilizaciones claves del mundo actual y futuro. Desde la verdad de las cosas y desde el más estricto realismo político que tan bien ha definido históricamente la política interior y exterior de Estados Unidos, este país no puede perder esta oportunidad. No la puede perder en aras de una visión identitaria limitada y sesgada por criterios y conceptos de un nacionalismo decimonónico que todavía cree en la homogeneidad y la pureza de las naciones y sociedades políticas y culturales. Por supuesto y sin ninguna ironía, la asunción plena del español redundaría en beneficio de los propios EE.UU., pero también, obviamente, de los hispanos e incluso de la diversidad cultural y lingüística de toda la Comunidad Internacional. Para ello, hay que apelar a un cambio sustantivo de actitud y a la implementación de una medida concreta. La generalizada baja autoestima, como grupo, de los hispanos de ese país (y de otras sociedades, lamentablemente) debe ser sustituida radicalmente por una consciencia de la realidad objetiva y de la necesaria defensa de los derechos e intereses de esa gran comunidad, incluidos los culturales y lingüísticos. La ofensiva del inglés en esa nación de base anglo-hispánica en detrimento de lo hispano no sería posible si los hispanos estadounidenses tuviesen una autopercepción colectiva positiva. Y en cuanto a la medida a tomar, sabemos que puede resultar provocadora, pero en el fondo no lo es: si se ha oficializado el inglés, no queda otra opción que cooficializar también el español en los Estados Unidos de América.
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Author : (abc)
Publish date : 2025-03-27 18:39:00
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