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Un sollozo de eternidad



El suceso, siendo importante, único, acaeció en una ciudad ya entonces importante por mirar desde su puerto hacia Grecia y Oriente. Me refiero a Bríndisi, en la región italiana de Puglia, allí donde podemos ver, en esa zona del mapa de Italia, algo parecido a una bota y el talón de la misma. Lo allí acontecido puede describirse en unas líneas: en el año 19 antes de Cristo una nave romana regresó de Grecia trayendo consigo al emperador –el César Augusto– y al que luego hemos considerado como el poeta más importante de aquel tiempo, Plubio Virgilio Marón. Regresar de Atenas acompañado por su protector y emperador fueron dos circunstancias suficientes para clausurar una vida gloriosa, si no fuese porque el poeta llegaba gravemente enfermo y muriera al tocar tierra la nave en Bríndisi. Este hecho fue el que le sirvió al austriaco Hermann Broch (Viena 1886- New Haven 1951) para escribir una de las ¿novelas?, ‘La muerte de Virgilio’. más complejas y llenas de contenido del siglo XX. Pareciera que narrar este hecho daría para unas pocas páginas, pero el libro está tan lleno del pensar y del sentir que atañe a los humanos que Broch se vio inmerso en una tensa prueba creativa, de la que el resultado final fue un volumen de casi 500 páginas, llenas de dilatadísimos párrafos y osadas en su afán de transmitirnos mucho más que una simple anécdota. Osada la creación del libro y osada la aventura de adentrarse en él de sus lectores, como fue mi caso, allá por 1979, gracias a la primera edición española de Alianza Tres. Aquella lectura mía en una isla, a la vez que otras de determinados libros rebosantes de mediterraneidad –los ‘Cuartetos de Alejandría’, de Gerald Durrell o ‘El coloso de Marusi’, de Henry Miller– no hacían fácil la complejidad del libro de Broch. Me faltaba esta relectura de ahora, medio siglo después. La titularidad de la traducción de entonces era muy sencilla para un trabajo tan relevante; aparecía como «versión de J. M. Ripalda sobre traducción de A. Gregori». Valioso y reconocido germanista era José María Ripalda, pero no poco enigmático y misterioso era Aristides Gregori, el traductor de la primera versión del libro (Buenos Aires, 1946). Nada fácil debió de ser para Ripalda su revisión, un ejercicio ejemplar de resultado excelente. Porque hay que pensar en el ‘Ulises’ de Joyce o en la obra de Proust para encontrarnos con las dificultades del libro de Broch. Sin tener ¿o teniendo? algo que ver con este he pensado también en la novela de Vintila Horia, ‘Dios ha nacido en el exilio’, donde el exiliado del libro fue otro poeta latino, Ovidio, y otro el lugar, Tomis, en la costa del mar Negro. Hermann Broch fue detenido tras la ocupación nazi de su país en 1938 y se exilió muy tempranamente en América . Dentro de la interpretación repárese también –en ambas obras, la de Horia y la de Broch– en la semejanza de situaciones, como la del poder frente al arte, o del arte frente al poder. Un mero símbolo de aquel remoto pasado pudo ser esa llegada de Augusto y de Virgilio a Bríndisi. Así hubiera sido de no estar la muerte del poeta por medio, un tema tan grave como trascendente que le llevó a Broch a hacer no pocas preguntas y respuestas en su dilatado relato. Sí podría haber sido considerado como un mero símbolo la aparición en agosto de 1972 –algo más abajo, en Calabria, en la punta de la bota del mapa–, de dos gigantescas estatuas de bronce, las de los ‘Guerreros de Riace’. Sobre esta aparición surgida del mar escribí en su día aludiendo a ese símbolo-revelación. Cerca de los frecuentes símbolos que predominan en ella –la luz, el fuego, la mar– la obra de Broch es palabra que se irisa en cien reflejos para poner de relieve toda la realidad, no solo un fragmento de ella. De hecho, lo que entendemos por realidad –los otros personajes del libro (materia ideal para una obra teatral) la nave, el lecho, los ocasos y sus oros, o una escalera– asoma levísimamente en la narración. Aludiendo a una escalera, el lector puede recordar la ‘Scalinata di Virgilio’, la que ahora se alza como una concha o anfiteatro en ese punto de Bríndisi en el que entonces terminaba la vía Appia y tan cercano al puerto. Impresionante esta escala de piedra que hoy está coronada en su cima por una esbelta columna conmemorativa. ¿Libro de relatos, meditación en los límites, filosofía, a veces fragmentos poemáticos, lirismo profundo? Ese ir siguiendo en su lectura sinuosos caminos conduce al lector al tema central de la trama: el extenso diálogo entre el emperador y el poeta; es decir, entre la razón y la trascendencia, entre el poder y el arte, entre el Estado y el individuo, entre el orden y la poesía. Dentro de esta radical dualidad descansa otro tema: el del original de la ‘Eneida’, el gran libro virgiliano que, en el relato, descansa en un arca a los pies del lecho del poeta. Este, como es sabido, tuvo el deseo de destruir su poema de poemas, pero que en la versión de Broch el emperador lo entrega, aunque deberá pulirse con las correspondientes puntualizaciones que él le recomienda a su amigo Plocio. Hermann Broch, en su afán de ordenar por la vía de un lujoso lirismo o abstracción, enmarca el largo relato en cuatro tiempos: el arribo, el descenso, la espera y el regreso, pero que en ese afán suyo de ir cada página más allá los subordina a otros cuatro términos que sí son verdaderos símbolos: agua, fuego, tierra y éter. Nos parece que habiendo llegado a la página 400 y finalizado el largo diálogo entre el emperador y el poeta –salvado el manuscrito– el escritor austriaco hubiese dado ya con un final suficiente y perfecto. Pero no, aún nos regalaría con una treintena más de páginas ausentes de diálogos y de reflexiones al uso, dejándonos una sensación de infinitud y de imágenes fogosas. Es ya cuanto Broch autor puede decirnos después de la muerte celebérrima de Virgilio. Agotadas las palabras del escritor, su afán de ir más allá de la muerte con su relato ¿no estaría fija la mente de Virgilio en otro lugar lejano, en el que él deseó que descansaran para siempre sus restos: en otra ciudad, Nápoles, y en otro lugar de esta, Fuorigrotta? Significativo es que en este mismo lugar descansaran, siglos después, los restos de otro gran poeta, Giacomo Leopardi, el que llenó sus últimos días y poemas de preguntas, sobre todo con aquella que dice: ‘ed io che sono?’. El autor de los ‘Canti’ no se pregunta quién soy sino qué soy. Es decir ¿una cosa, un cuerpo, una nada? Grave respuesta quizá para una pregunta igualmente grave y en ese límite de ambas muertes, la de Leopardi y la de Virgilio.



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Author : (abc)

Publish date : 2026-02-13 17:59:00

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