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Bad Bunny: la euforia del chamaquito jugón en un Metropolitano desatado



El músico más escuchado del planeta no lleva un escenario espectacular. Ni el gigantesco globo terráqueo de Kaney West, con sus cerca de veinte metros de altura y hasta ovnis sobrevolando su cabeza –rey de la nada–, ni nada de eso. En la escenografía de Benito Antonio Martínez Ocasio (Bayamón, Puerto Rico, 1994) no hay mucha parafernalia, aunque vaya a llenar diez días el Riyadh Air Metropolitano y la célebre casita caribeña del centro del estadio esté llena de famosos como Esther Expósito, Ana de Armas y algunos jugadores del Real Madrid. Solo una plataforma vacía en la que no hay nada de nada. Los 16 músicos del puertoriqueño en la parte trasera, una pantalla gigante a sus espaldas flanqueando el escenario y una pequeña grada detrás con más público. Sin embargo, pronto queda claro que a Benito no le hace falta más. A las ocho en punto se reproduce la imagen de una madre con su hijo en un barrio de Madrid hablando del que todo el mundo califica como el concierto del año, el que está a punto de empezar. Después de una breve charla, ambos comienzan a pronunciar a modo de llamada los primeros versos de ‘La mudanza’: «Benito, hijo de Benito, le decían Tito…». Y se desata el vendaval . Ya solo se escucha a los primeros 60.000 afortunados que llenaron este sábado el Metropolitano, pronunciando cada verso de ese relato autobiográfico sacado de su último disco, ‘Debí tirar más fotos’, que habla de sus padres: «Vivieron en Morovis en donde hicieron al nene / que en Bayamón por primera vez vieron…». En ese momento, la pantalla se apaga y Bad Bunny aparece impulsado por una pequeña plataforma en el centro del escenario. Se queda quieto, en silencio, y los seguidores rugen. Pasa un minuto. Mira al público como si fuera el mismísimo Tony Montana de ‘El precio del poder’. Respira y el público sigue gritando, pero él sigue quieto, seductor, con un traje de color crema y gafas de sol. Muy elegante, claro. Pasan dos minutos y sigue parado, en silencio. El público continúa chillando hasta que suelta: «Un aplauso pa’ mami y papi porque en verdá rompieron». De repente, Madrid se convierte en San Juan de Puerto Rico , con todo el mundo bailando y cantando. La percusión y los instrumentos de viento metal suenan increíbles, a un volumen exageradamente alto en esta especie de versión rejuvenecida y salvaje de Buena Vista Social Club. Al principio parece (o quiero pensar) que Benito empatiza más con el público cuando se transforma en el alumno aventajado de aquellos Fania All-Stars de Héctor Lavoe, Rubén Blades y Celia Cruz en 1979 que cuando sigue el camino de J. Balvin. Cuando mira a su percusionista y le suelta «aprieta chamaquito» como si le hablara al mismísimo Tito Puente y estuviéramos en el Spanish Harlem de Nueva York, en 1950, terminando la conquista que aquellos latinos empezaron. Pero me equivoco. Los asistentes bailan, se saben absolutamente todas las letras y se emocionan igual cuando Benito canta «aquí mataron gente por sacar la bandera / por eso es que ahora yo la llevo a donde quiera, cabrón», en la primera canción, ‘La mudanza’, que cuando entona «si hay playa, hay alcohol / si hay alcohol, hay sexo / y si es contigo, mejor», en ‘Wueltita’. Gusta lo mismo el puertorriqueño peleón que desafía a Trump y reivindica el español que el que el que se regodeaba en ‘Tití me preguntó’, a continuación, de que tiene muchas novias, «pero con ninguna hay boda». El militante y el tentador de La isla de las Tentaciones. Es las dos cosas y a la gente le encanta. Da igual bachata que música urbana, rumba que dembow o reguetón. Las fronteras se difuminan con el fraseo vacilón del primer artista que canta en español y supera los 100 millones de oyentes mensuales en Spotify. Suena la salsa de ‘Callaita’, se pone tierno con ‘Turista’, modo Eliades Ochoa, y sabrosón con ‘Baile inolvidable’ –«Madrid, baila y ama sin miedo»–, y el ánimo es el mismo. El estadio perrea y las luces de las 60.000 cámaras de foto falsas que ha repartido entre el público lanzan fogonazos sincronizados. Nadie está sentado. Introduce ‘Pitorro de coco’ con una versión de ‘Entre dos aguas’ de Paco de Lucía y funciona. Todo funciona. Con ‘Nuevayol’ sube la temperatura, todo el mundo salta como si fuera la afición del Boca Juniors a ritmo de la percusión. Es extraño y bonito a la vez que Benito triunfe y desate la euforia con una música que se tocaba hace un siglo, con la que cierra el primer tramo del concierto antes de mudarse a la casita de la que todo el mundo habla. Esa casita de clase trabajadora pero llena de famosos –esas pequeñas contradicciones– que genera más noticias y ‘reels’ que la propia actuación. Benito se quita el traje y se enfunda sus bermudas y la gorra. Está con los colegas, ya saben. También están Álvaro Carreras, Dani Ceballos, Isi Palazón, María León y Chiara Ferragni, pero Esther Expósito se lleva más planos que nadie cuando perrea con la estrella del cartel. Todos ellos protagonistas durante una hora en un fiestón de música urbana que los presentes, rectifico, disfrutan más que la salsa y la bachata con temas como ‘Veldá’, ‘Neverita’ o ‘Si veo a tu mamá’. Bad Bunny es un jugón, capaz de tomarse un descanso de más de veinte minutos saludando al pueblo VIP de las primeras filas, los que han pagado 400 euros por verle de cerca. Habla con ellos, besa a los que lloran y abraza a los que chillan emocionados. Veinte minutos que el público acompaña con un «lo, lo, lo, lo, lo», hasta que arranca ‘Voy a llevarte pa PR’ desde el techo de la casita. No hay descanso. El volumen está tan alto que te deja sordo, incluso, en las canciones más lentas, como ‘Me porto bonito’, ‘No me conoce’ y ‘Bichiyal’. Molesta un poco, pero a nadie le importa. En la zona de prensa, llena, casi nadie escribe, la mayoría baila. ‘Yo perreo sola’, sin Bad Gyal está vez, y ‘Safaera’ es cantada a voz en grito. Antes de ‘Mónaco’ se acuerda de los que le vieron en aquel primer concierto en España, en la sala Moon de Valencia, hace nueve años. Fueron menos de mil seguidores. Quién se lo iba a decir. Bad Bunny encaró el final de la fiesta en la casita con ‘Advino’, junto a Myke Towers , en la canción sorpresa de la noche que no tocará en ningún concierto más. Vuelva a la salsa on ‘Café con ron’ para cerrar la puerta, dejar a los famosos y volver al escenario principal. En el público cazo a varias seguidoras haciendo videollamadas a sus amigas ausentes, a las que veo bailar en la pantalla del móvil. Llamada de tres horas, que es lo que duró un concierto. Amistad a prueba de cobertura. Aunque la actuación, quizá un poco larga, flaqueó en momentos puntuales en el tramo final, la levantaba el público con sus ovaciones cuando suenan ‘Ojitos lindos’, ‘La canción’, ‘Kloufrens’, ‘Yonaguni’, ‘El apagón’ y, sobre todo, ‘DtMF’. Qué hace un amago de irse, hasta el último «lo, lo, lo, lo», que lo trae de vuelta com ‘Eoo’ para el último perreo sabrosón, que repetirá nueves noches más, intuimos, con el mismo éxito.



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Author : (abc)

Publish date : 2026-05-30 21:01:00

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