Confieso mi ignorancia: yo no sabía en qué parte del mundo estaba Cabo Verde. Tampoco sabía en qué idioma hablaban sus habitantes. Menos todavía sabía cuántos ciudadanos de Cabo Verde se encontraban en su país de origen y cuántos vivían en América. Y por supuesto no tenía idea de lo bien que jugaban al fútbol. El mundial de fútbol me ha permitido ganar dinero comprando entradas apenas salieron a la venta y revendiéndolas a precios de usura. He ganado más dinero como revendedor que como escritor. Algún espíritu sensible diría que soy un especulador, un carroñero, un mercader del fútbol.