La universidad acolcha los efectos de las hormonas de la adolescencia para dejar paso al idealismo de la veintena. El amor comienza a tener rostro, las propinas empiezan a valorarse por aquello a donde no llegan y dejan de ser el salvoconducto para una bolsa de chucherías. La madurez todavía está lejos pero la génesis de lo que serán nuestros hombres y mujeres del mañana ya está ahí, acodada en los pupitres mientras espera ansiosa que llegue su momento. Un aula y esa edad son privilegios indescriptibles para los que las miramos desde la barrera de la edad. No sólo