Fueron cuatro palabras que constriñeron el corazón de la flamante democracia rojigualda; joven, desde luego, pero con ansias de hacerse mayor. «¡Quieto todo el mundo!». El 23 de febrero de 1981, poco después de las seis y veinte de la tarde, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero entró en el Congreso de los Diputados presto a dar un golpe de Estado. A su favor tenía cuarenta compañeros de cuerpo y una supuesta «autoridad militar competente» que, llegado el momento, le respaldaría. La sociedad tembló, pero respiró después de que Su Majestad Juan Carlos I condenara por televisión