Pedro Sánchez se ha arrogado en público la etiqueta de 'feminista' como si fuera un blindaje político. Pero su respuesta al escándalo de acoso sexual protagonizado por su estrechísimo colaborador, Francisco Salazar, revela una hipocresía institucional tan profunda como corrosiva. No ha bastado con que Salazar fuera acusado de conductas repugnantes, como pasearse por la Moncloa con la bragueta abierta o pedir a sus subordinadas que le enseñaran el escote. No ha bastado con que las denuncias llegaran por canales internos del PSOE . Ha hecho falta que la presión pública estallara para que el presidente decidiera mover ficha, y