Ángeles González-Sinde comenzó a escribir ‘ Después de Kim ‘ tras el fallecimiento de su hermano hace más de una década. Una novela sobre el futuro perdido de los que se van y el futuro a reconquistar de los que se quedan. También, sobre la pérdida violenta e imprevista y sobre la naturaleza del amor. «Por eso da tanto miedo mirar adelante como mirar atrás, y por eso nos aferramos mucho a los recuerdos, en un intento de no mirar. Muchos escritores se aferran a escribir. Esto lo descubres cuando pierdes a alguien y si la literatura para ti es un salvavidas», dijo cuando presentó la novela, apenas unos meses después de la repentina muerte de la que era su pareja, el admirado editor Claudio López Lamadrid . Si la literatura es un salvavidas, también lo es el cine. Quizá por eso, González-Sinde decidió escuchar el consejo del productor Gerardo Herrero y adaptar su propia obra al cine, esta ‘Después de Kim’ en la que Adriana Ozores y Darío Grandinetti forman un matrimonio disuelto por la distancia que deben reunirse en el dolor por la muerte de su hija para dar un porvenir a su nieto. Una película que, pese a todo, quiere mirar al mundo desde la luz del Mediterráneo y no desde las sombras. «Creo que lo que hace que duela menos es haber llenado tu vida con otros afectos, haber cuidado de otros y que otros hayan cuidado de ti», dice la cineasta, escritora y exministra de Cultura. –¿Por qué se ha animado a adaptar su propio libro, uno que además le toca de manera tan especial? –La verdad es que la novela, desde que la estaba escribiendo —hace ya casi diez años, porque se publicó en 2019—, el productor Gerardo Herrero vio que era muy atractiva para el cine. Me dijo que no hay tantas historias de parejas maduras, y menos aún de una pareja divorciada que, después de muchos años de distancia, tiene que reencontrarse. Le pareció un tema potente y apostó fuerte por el proyecto. Yo me embarqué con él y también con el coproductor valenciano Pedro Pastor. –¿Cómo se lleva la escritora con la guionista y la guionista con la directora? ¿Se autocensura para no complicarse cuando llega al set? –Siempre hay una autocensura económica. En la novela el papel lo soporta todo; en el cine cada decisión tiene consecuencias logísticas y de presupuesto. Con el oficio vas aprendiendo a destilar, a buscar el equilibrio y a que todo sea viable. De las tres tareas, la de novelista es la más placentera porque escribes y ya tienes un resultado casi final. En el guion hay mucha incertidumbre: ¿se financiará? ¿atraerá inversión? Y como directora es un trabajo creativo pero colectivo: eres la directora de orquesta, trabajas con grandes jefes de equipo y especialistas. El trabajo con los actores y el montaje son, para mí, las partes favoritas. –Hablaba de lo que le gusta trabajar con los actores. Aquí se reúne de nuevo con Adriana Ozores, con la que casi siempre trabaja y con la que empezó hace 23 años después de ‘La suerte dormida’. ¿Cómo es su relación? –Muy buena. Es la cuarta vez que trabajamos juntas (además de una obra de teatro en la que los papeles se invirtieron: ella dirigía y yo escribía el texto). Tenemos mucha confianza y una manera muy parecida de entender el trabajo. Siempre pensé que este personaje le iba a quedar muy bien. A mí me gusta mucho mezclar géneros: drama con toques de sonrisa o humor cotidiano, sobre todo el humor que surge de una expareja que se reencuentra en una situación dramática. Creo que eso ayuda al espectador a no distanciarse. Adriana transita el drama y la comedia con mucha naturalidad, incluso en la misma secuencia, y lo mismo hace Darío Grandinetti. –Hablando de Grandinetti: en la película los personajes son argentinos, mientras que en el libro eran británicos. –Fue una decisión del productor. Una película hablada en inglés con actores extranjeros es muy difícil de vender a plataformas y televisiones, que son imprescindibles para financiar el proyecto. Además, hay un buen número de actores argentinos muy conocidos en España, de altísima calidad, que permiten un casting atractivo. A cambio, eso sí, perdimos la extrañeza de una pareja inglesa que llega a Benidorm sin conocer el idioma ni las costumbres; pero Benidorm es suficientemente indescifrable incluso para un argentino y una española que nunca han estado allí. –Usted pasa mucho tiempo en Altea, que está muy cerca. ¿Benidorm sigue siendo un lugar indescifrable también para usted? –Sí, totalmente. Voy mucho porque es la ciudad grande más cercana. Me encanta ir al cine allí y me genera muchísima curiosidad. Benidorm no para de cambiar; es un fenómeno sociológico y antropológico brutal: inmigrantes económicos, jubilados del norte de Europa, despedidas de soltero, familias… Gente muy variopinta. La película no podría ocurrir en ningún otro sitio. Benidorm se convierte en un personaje más. Quería contarlo sin caricaturizarlo, porque ya hay mucho mito y mucha opinión preconcebida sobre la ciudad. –Otra faceta de la película es que está protagonizada por personas adultas que creían que ya habían vivido lo más importante de su vida y, de repente, se les abre un capítulo inesperado con mucho futuro… –La industria tiene mucha obsesión por los personajes jóvenes. Hay miedo a que los personajes de cierta edad no atraigan público, aunque constantemente hay ejemplos de películas con mayores que funcionan muy bien. A mí me interesaba precisamente eso: personas que creen que ya lo tienen todo decidido, con opiniones muy firmes y prejuicios muy asentados, y que de pronto el terremoto de perder a su hija les obliga a recolocarse completamente. Y sobre todo que no pueden hacerlo solos; tienen que apoyarse el uno en el otro, aunque empiecen con mucha resistencia. – El duelo por la hija pasa a un segundo plano cuando aparece el horizonte de buscar al nieto… –Es que les surge la necesidad de sincronizarse, de acompañarse y de ayudarse mutuamente en la búsqueda del nieto desaparecido, que se convierte en un clavo ardiendo al que se agarra especialmente el personaje de Darío. –Le enlazo con algo que ya le preguntamos cuando publicó la novela: ¿cómo se afronta la pérdida sabiendo que hay que seguir viviendo? ¿La respuesta ha cambiado con los años? –Aunque las adaptaciones siempre simplifican, yo sigo creyendo que la única manera que tenemos los humanos de salir adelante es tendernos una mano. La ayuda mutua que se da esta pareja es lo que les permite reiniciar su vida, perdonarse mutuamente y perdonarse a sí mismos. Si cada uno se hubiera quedado solo con su pena, habría sido mucho más difícil. –¿El tiempo lo cura todo? –No creo en eso de que el tiempo lo cura todo. Creo que lo que hace que duela menos es haber llenado tu vida con otros afectos, haber cuidado de otros y que otros hayan cuidado de ti. Si no hay esa correspondencia afectiva, te quedas a la deriva. A veces hay que hacer un esfuerzo consciente porque el cuerpo te pide aislarte, pero vale la pena compartir y reconstruirse a través de las amistades, los afectos y la familia que te queda. –Después de su última película como directora han pasado cuatro años (‘El comensal’), y de la anterior, casi 18 (‘Una palabra tuya’). ¿Cómo ha sido volver a sentirse rodeada de gente en un rodaje? ¿Volverá a tardar cuatro años? –Ahora estoy escribiendo un guion para una productora, dando vueltas a otros proyectos y, sobre todo, centrada en una nueva novela. Me gustaría volver a dirigir, pero todo está en el aire. Este rodaje ha sido especialmente grato: todo el equipo era de la Comunidad Valenciana (excepto la directora de fotografía, Lara Vilanova, que es catalana). Rodar en Benidorm fue mucho más fácil de lo que temía, incluso en temporada alta. También pudimos rodar en el interior de la provincia de Alicante, en paisajes naturales que contrastan muchísimo con la costa y los rascacielos. Era importante mostrar ese contraste.
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Author : (abc)
Publish date : 2026-04-24 15:32:00
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