Podemos seguir unos cuantos veranos más abriendo los ojos como polluelos de búho y mirar los incendios como si fueran eclipses inevitables, meteoritos imprevistos, eventos mágicos de origen incierto. Podemos entregarnos a la superstición, a la cartomancia o invocar a alguna deidad vetona, tan abulense. Quizá a Manitou. Podemos seguir discutiendo si la culpa es del cambio climático, de la inversión pública o del Código Penal. Y también podemos, en un arrebato de cordura, asumir que nos encontramos ante una emergencia nacional que exige un alto el fuego en las guerras de los mamarrachos. Y pensar un poco, para variar.