La capital venezolana amaneció ayer fracturada en dos realidades paralelas que colisionaron a pocos kilómetros de distancia. Por un lado, el centro de la ciudad fue tomado por un despliegue de policías antimotines equipados con cascos, garrotes, fusiles y escudos, dispuestos a frenar una marcha de trabajadores que exigía un salario digno. Por el otro, a escasas cuadras, el número dos del chavismo, Diosdado Cabello , encabezaba una movilización oficialista donde la consigna principal no era económica, sino una advertencia velada sobre la lealtad interna. La jornada expuso la tensión acumulada tras los anuncios económicos de la presidenta encargada, Delcy