En los primeros años de un recién estrenado siglo XXI, los grupos jóvenes de las hermandades todavía nos retábamos para despejar la duda de cuál era el que más sabía de cofradías. Lo hacíamos en unos concursos a los que casi siempre íbamos los mismos y en los que era habitual una agrupación parroquial que entonces pedía que se la reconociera como la de San Ignacio de Loyola. Aquellos chavales formaban parte de una corporación incipiente que estaba buscando su sitio en las vísperas de la Semana Santa y que, más de un cuarto de siglo después, es una de