Hay quien piensa que el hecho de que Bad Bunny vuelva a ser el artista más escuchado del mundo es una anécdota musical. O un síntoma del gusto de las nuevas generaciones. O una rareza algorítmica. En realidad es una señal económica en toda regla, de esas que conviene interpretar con la misma seriedad con la que se analizan los PMI o las cuentas de resultados de Silicon Valley. La economía del siglo XXI ya no la explican los bancos centrales: la explica Spotify. Porque el éxito de Bad Bunny no es un fenómeno aislado, sino una demostración en directo